Por: Jesús M. Guerrero

Editorial.- “El suicida es el antípoda del mártir. El mártir es un hombre que se preocupa a tal punto por lo ajeno, que olvida su propia existencia. El suicida se preocupa tan poco de todo lo que no sea él mismo, que desea el aniquilamiento general.” Gilbert Keith Chesterton
Las recientes declaraciones del expresidente y actual presidente del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), Danilo Medina, al asegurar que no habrá alianza con la Fuerza del Pueblo (FP), confirman que no existe posibilidad alguna de reeditar la extraña alianza que fue derrotada en el proceso electoral de 2024.
Para nadie es un secreto que, tras el derrocamiento en 1963 del gobierno sietemesino del profesor Juan Bosch, la oposición política de nuestra media isla fue anulada durante los denominados doce años de Balaguer, período en el que la represión se convirtió en la principal carta electoral del oficialismo. A partir de 1974, con el Acuerdo de Santiago, que unificó a sectores de la extrema derecha y de la izquierda en organizaciones políticas como el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), el Partido Quisqueyano Demócrata (PQD), el Movimiento Popular Dominicano (MPD) y el Partido Revolucionario Social Cristiano (PRSC), se procuró desalojar a Joaquín Balaguer del Palacio Nacional.
Dicho acuerdo, encabezado por el PRD con la candidatura presidencial de Antonio Guzmán y la vicepresidencial de Elías Wessin y Wessin, no pudo participar en las elecciones de 1974 como consecuencia de la represión que anuló cualquier garantía democrática en esos comicios. Sin embargo, dejó en evidencia la importancia estratégica de las alianzas con miras a los procesos electorales venideros.
Así ocurrió en las elecciones de 1996, con la coalición electoral del Frente Patriótico que garantizó el triunfo de Leonel Fernández en la segunda vuelta. De igual forma sucedió en 2004, con el Bloque Progresista, y en 2008 y 2012, cuando los partidos aliados resultaron determinantes para la continuidad del PLD en el poder. Tanto así que, en los comicios de 2012, estos aportaron trece puntos porcentuales a la victoria de Danilo Medina.
A partir de las elecciones de 2016, el partido morado comenzó a perder aliados fundamentales que habían sido clave en sus seis victorias consecutivas entre 2004 y 2016, como la Fuerza Nacional Progresista (FNP), el Bloque Institucional Socialdemócrata (BIS), el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), el Partido Quisqueyano Demócrata Cristiano (PQDC), entre otros aliados naturales.
En la actualidad, el PLD no cuenta con partidos aliados. Por primera vez desde las elecciones de 1990, el partido fundado por Juan Bosch acudió sin alianzas a los comicios de 2020. A ello se sumaron las renuncias de dirigentes históricos, como la del expresidente Leonel Fernández, quien llegó a catalogar a Danilo Medina como el Trujillo del siglo XXI y a los militantes del PLD como “engreídos de palacio”.
Las declaraciones de Medina, que confirman que el PLD no oficializará una alianza con la FP, evidencian su intención de mantener a flote a su partido marcando distancia de los verdes, con la aspiración de sobrevivir políticamente más allá de 2028.
Mientras tanto, la Fuerza del Pueblo atraviesa una serie de renuncias, entre ellas la de su único representante municipal en la provincia Espaillat, Danny Pérez, director municipal del distrito de Higüerito, así como la dimisión de Frendy Orlando Reyes, miembro de la Dirección Central de esa organización.
Los problemas internos de la FP abarcan desde la proscripción del proceso eleccionario para la Secretaría General, la designación sin elecciones internas de Lenin Campos como secretario de la Juventud, hasta la crisis en el Gran Santo Domingo, evidenciada por la suspensión de elecciones internas para nuevas autoridades en Santo Domingo Oeste y la difusión de mensajes de audio de militantes, incluidos miembros de la Dirección Política, atacando a dirigentes del propio partido.
En el Distrito Nacional, la situación no es ajena al descontento interno. En cualquier momento podrían darse a conocer las renuncias de cuatro o cinco candidatos a diputados del pasado proceso electoral, quienes abandonarían el proyecto de Leonel Fernández ante la anulación de la democracia interna.
Pese a este panorama, la FP continúa atrapada en la misma línea comunicacional que utiliza desde 2012. Los dos millones de firmas, los vientos del 2015 que se detuvieron en Juan Dolio, nuevamente los dos millones de firmas de 2019 que nunca aparecieron en aquellas traumáticas primarias, y las reiteradas afirmaciones de una supuesta segunda vuelta electoral en 2020 y 2024.
A esto se suman encuestas como Asisa, que pronosticaron una segunda vuelta y erraron rotundamente, así como la mención de Dick Morris, consultor político de Bill Clinton, quien no realiza encuestas, sino estrategias como la triangulación. Más recientemente, se ha promovido a la firma Roy Morgan, la cual ha desmentido haber realizado mediciones en el país.
La situación interna de la FP demuestra que sus principales dirigentes pretenden imponer el mismo criterio que Juan Bosch condenó en su lapidario cuento La mancha indeleble, una crítica feroz contra la dictadura trujillista. Todo parece indicar que, para militar en la organización liderada por Fernández, hay que colgar la cabeza en la pared.
En medio de esta engorrosa situación, una parte de la FP aboga por la alianza que Danilo Medina rechaza, mientras otra insiste en la tesis de destruir al PLD.
Como reza una frase lapidaria de un escritor de la posguerra: “El odio es peor que la pasión del drogadicto: ni sacia ni se cansa.”
La confrontación entre los expresidentes Leonel Fernández y Danilo Medina no es el primer enfrentamiento político que tiene su origen en las lides partidarias y trasciende al plano personal. Basta recordar la lucha por el liderazgo opositor que surgió tras la renuncia de Juan Bosch del PRD en diciembre de 1973, enfrentándolo con su discípulo, José Francisco Peña Gómez. No hubo acercamientos en el marco de las cuestionadas elecciones de 1990 y, por decisión de Bosch, el PLD no pactó con el PRD. Seis años después, el PLD alcanzó los resortes del poder.
En la historia reciente también puede observarse la confrontación entre el expresidente Hipólito Mejía y Hatuey De Camps, que marcó el inicio del declive del partido del jacho. Aunque ambos se reencontraron políticamente en las elecciones de 2012, ello ocurrió en medio de la última gran crisis del PRD, protagonizada por Miguel Vargas Maldonado y Mejía, lo que dio al traste con una de las principales plataformas de lucha democrática del país.
Danilo Medina no cederá su partido en beneficio de Leonel Fernández, a quien responsabiliza de su estrepitosa salida del poder.
En política existen reglas no escritas, como aquella que sostiene que la oposición no gana elecciones, sino que los gobiernos las pierden. Sin embargo, una oposición que no hace nada para ganar tampoco provoca fisuras en el oficialismo. En la actualidad, la oposición no envía mensajes que evidencien madurez política ni demuestra voluntad real de unificación para adversar al gobierno.
Uno de los aspirantes presidenciales del PLD, Francisco Javier García, solía afirmar en los años de gloria del peledeísmo que el PRD no podía ganar dividido. En la coyuntura actual ha advertido que el PLD nunca ha ganado unas elecciones sin alianzas.
La gran vicisitud radica en que Danilo Medina sabe que endosar a Leonel Fernández equivaldría a la desaparición del PLD.
Cuando la oposición apela reiteradamente a la posibilidad de una segunda vuelta electoral, reconoce tácitamente su debilitada situación producto de la división interna. Así ocurrió en 2008, en 2012, el proceso más cerrado de los últimos veinte años, y se repitió en 2016, 2020 y 2024, todos resueltos en primera vuelta.
Concluiré con una frase de Bertrand Russell: “Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar.”

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